15/05/2026
Pucallpa, octubre de 1978
El río Ucayali no fluye; se arrastra como una serpiente de lodo viejo que devora todo lo que cae en su cauce. Esa madrugada, el aire pesaba tanto como el remordimiento.
Don Evaristo Rengifo, un hombre cuya piel parecía el cuero curtido de un caimán, empujó su peque-peque hacia el agua negra. No buscaba sustento, buscaba milagros en un río que la sequía y la codicia estaban matando.
A las 4:30 de la mañana, la selva calló. Fue un silencio antinatural, un vacío que le zumbaba en los oídos. Se internó en un caño ciego, un brazo mu**to del río donde el agua estaba estancada, cubierta por una nata aceitosa que reflejaba la luna como un espejo roto.
Lanzó la red. Al tirar de ella, la resistencia fue seca, pesada, como si hubiera atrapado un trozo de carne mu**ta. Cuando la subió a la borda, el frío le recorrió la columna.
Enredado entre los hilos de nailon, algo se retorcía con una suavidad obscena.
No era un paiche. Era una aberración grisácea, una masa de carne translúcida que dejaba ver órganos palpitantes bajo una piel enferma.
Sobre el cráneo, alineados con una simetría quirúrgica, **tres ojos humanos** —no de pez, sino con pupilas de un negro infinito— se fijaron en él. No había espanto en esa mirada, solo una inteligencia antigua y depredadora. Los tres globos oculares rotaron al unísono, siguiendo el latido de la yugular de Evaristo.
Evaristo regresó al puerto con el juicio fracturado. El pueblo de Yarinacocha, siempre propenso a la histeria colectiva, no tardó en rodear su casa. Lo que en la superficie parecía curiosidad, en el fondo era miedo primitivo. La gente no rezaba por el pez; rezaba para que lo que ese animal representaba no saliera del s**o.
- "Es el hijo del Yacuruna", susurraban los viejos.
- "Es el veneno de las minas que nos está transformando por dentro", decían los jóvenes.
Pero Evaristo no escuchaba. Se encerró. En la penumbra de su choza, el pez no necesitaba agua para sobrevivir. Emitía un chasquido rítmico, un sonido metálico que se filtraba por las paredes de madera. Una mujer del caserío juró que, al acercar el oído a la pared de Evaristo, no escuchó burbujas, sino una voz infantil que repetía coordenadas geográficas.
Al tercer día, el horror se volvió burocrático. Un hombre sin nombre, vestido con un traje de faena que no tenía insignias pero apestaba a formaldehído, llegó en una camioneta sin placas. No hubo negociación. El extraño entró con un maletín de acero inoxidable y salió diez minutos después.
Evaristo quedó sentado en el suelo, con la mirada perdida y las manos manchadas de un fluido viscoso y fosforescente. El hombre de Lima se llevó el espécimen, pero dejó la infección.
La transformación de Evaristo fue rápida. Dejó de comer. Su piel empezó a tornarse del mismo gris translúcido que la criatura. Por las noches, los vecinos lo oían arañar el suelo de madera, gritando que el río estaba "hueco" por dentro, que debajo del lecho del Ucayali algo inmenso estaba despertando.
Una semana después, la selva se lo tragó.
Su peque-peque apareció a la deriva, encallado en un banco de arena. No había rastros de lucha, ni sangre, ni restos humanos. Solo una atmósfera de abandono absoluto. En el fondo de la embarcación, Evaristo había dejado su legado: cientos de trozos de papel y cortezas de árbol cubiertos de dibujos febriles hechos con carbón.
Eran representaciones del pez, pero con una anatomía más completa. En los dibujos, la criatura tenía manos. Manos que se aferraban a las raíces de los árboles desde abajo.
En el último dibujo, el trazo era tan violento que había rasgado el papel. Debajo de la imagen de tres ojos que parecían observar al que miraba el dibujo, Evaristo había escrito con la caligrafía de un hombre que ha visto el final de los tiempos:
"El tercero es el que nos mira desde adentro. No vino solo. Hay miles esperando que se apague la luz."**
Hoy, en ese brazo mu**to del Ucayali, los pescadores locales evitan lanzar sus redes. Dicen que si guardas silencio el tiempo suficiente, puedes escuchar el chapoteo de algo que no tiene escamas, y que, a veces, el agua te devuelve la mirada con un ojo de más.