13/11/2025
El liderazgo invisible detrás de un emprendimiento. Una autorreflexión sobre lo que nadie ve cuando emprendes, desde mi perspectiva personal. Por Sigrid Morales.
Cuando la gente pasa por mi cafetería y ve a los clientes disfrutando su bebida, o haciendo fila para ordenar, o percibe el aroma del café recién molido junto con la sonrisa y amabilidad del equipo, todo parece fluir con naturalidad y se ve fácil. Pero detrás de esa escena hay algo mucho más profundo: una cadena de decisiones, sacrificios y aprendizajes —a veces incluso caos— que rara vez se ve ni se habla de ello. Eso es lo que llamo liderazgo invisible.
El liderazgo invisible es cuando estás en lo interno viendo problemas, frustraciones, supliendo necesidades, lidiando con proveedores, buscando personal y tratando de formar a jóvenes que muchas veces carecen del deseo o la actitud para trabajar en servicio.
Mucho se habla de emprender y se usa el término con demasiada ligereza. No lo digo con ánimo de ser despectiva, sino con el cuidado que merece llamar a cada cosa por su nombre y darle su verdadero valor. En este sentido, emprender no es lo mismo que autoemplearse informalmente, porque uno de los principios teóricos del emprendimiento es la creación y entrega de valor. Y no se puede crear ni entregar valor cuando se opera fuera de la formalidad, compitiendo de manera desleal, ajena a las regulaciones legales y contractuales, y sin asumir las responsabilidades que también generan valor para el país y la sociedad en la que vivimos.
Emprender no se trata solo de vender productos o servicios, sino de sostener un propósito día tras día: visualizar, desde la creación misma de la idea, el valor que generará ese negocio tanto para nosotros como dueños —porque todo nace del deseo legítimo de generar bienestar y riqueza— como para los consumidores, la comunidad y el país. Y quienes creemos en Dios, sabemos que también estamos llamados a bendecir a otros a través de lo que hacemos.
Vengo de un perfil profesional sólido, donde construí conocimientos y experiencias durante muchos años —diecinueve, para ser exacta—, y tuve la bendición de iniciar mi carrera en el área que estudié. Encontré mi vocación en el comercio internacional, una disciplina fascinante que me permitió aprender de primera mano cómo se mueve el mundo del intercambio comercial. Trabajé en negociaciones internacionales, en la creación de políticas de fomento para distintos sectores desde el ámbito público, y luego vi los resultados palpables cuando pasé al sector privado, asesorando a productores y empresas pequeñas, medianas y grandes en su expansión hacia mercados extranjeros. También tuve el privilegio de acompañar a muchas mujeres que soñaban con ser grandes empresarias o simplemente buscaban crear algo que sostuviera a sus familias y dejara un legado a sus hijos, tanto en Nicaragua como en otros países de Centroamérica.
Sin embargo, cuestiones de salud me obligaron a dejar mi querido trabajo. Me recomendaron reducir el estrés, pero quienes hemos trabajado toda la vida sabemos que nacemos con un propósito: no estamos hechos para quedarnos quietos. Así comencé a asesorar de manera independiente y, con el tiempo, surgió en mí la inquietud de poner en práctica lo que enseñaba. Ese fue mi gran reto: no es lo mismo aconsejar a otros sobre cómo emprender que analizar internamente en qué hacerlo uno mismo.
El mayor miedo era equivocarme en el análisis, fallar en la proyección, en el modelo de negocio y fracasar… y que luego todos dijeran: “la que asesoraba a otros no pudo asesorarse ella”. Ese temor solo lo compartí con mi esposo, quien siempre me decía: “debemos independizarnos, debemos emprender”, y yo le respondía: “aún no, debo analizar más, el entorno cambia demasiado, esperemos un poco”. Hasta que un día dijimos: “Es ahora”. Y ese “ahora” se materializó en el concepto de New Town Coffee.
El proceso inició, como debe iniciar todo proyecto serio: investigando. Hablé con una excelente amiga que me orientó sobre cómo abrir una cafetería, pues ella ya había vivido ese proceso. Moraleja: aunque yo asesoraba en negocios y tenía un perfil profesional fuerte, no me creí que lo sabía todo. Pregunté, pedí consejo y aprendí de quienes ya habían recorrido ese camino. Después de investigar y estimar la inversión inicial, comprendí que necesitaba aprender del negocio desde dentro. Así que cambié mi escritorio y computadora por una batidora y clases de pastelería. Sí, la Sigrid que había huido toda su vida de la cocina, ahora estaba con gorro, delantal y cuchara aprendiendo recetas. En este giro enrolé hasta una vecina, ingeniera electrónica, con mucha carrera profesional y que también le huía a la cocina…pero enfrentaba nuevos retos como yo. ¡¡Pasamos mucho tiempo probando y echando a perder insumos …hasta que al fin nos salieron bien!! Y nos reíamos cuando decíamos “qué bonita quedó la torta”, “Qué linda que creció” jajaja cuando a ninguna de nosotras nunca antes nos había gustado hacer actividades de cocina, pero necesitábamos el dinero.
Luego contraté a una excelente barista que me enseñó todo sobre el café y su preparación. Busqué proveedores locales de equipos (y descubrí mis errores en el proceso, pero también aprendí y lo puse en práctica cuando tocó abrir el segundo, tercer y cuarto local, sí, señores, en sólo dos añitos con la ayuda inmensa de Dios). Contraté a dos personas, organicé capacitaciones y realizamos pruebas durante meses antes de tener siquiera el local físico. Todo eso fluyó hasta que el concepto estuvo claro. Opté por la metodología de Alexander Osterwalder, que recomiendo mucho a quienes quieren emprender: invertir lo menos posible, probar el modelo, pivotear y luego ajustar. En nuestro caso, la inversión comenzó seis meses antes de abrir al público, asumiendo gastos desde el día uno.
(Paréntesis de asesora: si van a emprender, dominen primero su negocio.) Conozcan su logística, sus proveedores, sus procesos y su operación. Emprender sin eso es una receta segura para el fracaso.
Quise contar toda mi historia para que comprendan lo que se vive incluso antes de abrir un local: inversión en neuronas propias y ajenas, tiempo, creatividad, ansiedad y decisiones difíciles con el menor riesgo posible. Muchos piensan que tener un negocio es convertirse en jefe y mandar. ¡Qué equivocados están! Un negocio exige dar el ejemplo, enseñar, formar equipos, servir, escuchar y estar disponible a cualquier hora para resolver problemas. Implica entender que de ti depende no solo tu bienestar financiero, sino también el sustento de las familias detrás de tus colaboradores.
Significa renunciar a las vacaciones y a la jornada de 8 a 5, aceptar que el dinero entra y sale porque hay que reinvertir y mantener el negocio vivo. Si no estás consciente de todo esto, te animo a no emprender. Pero si lo estás, y aun así deseas tomar el riesgo, ¡bienvenido! Eres de los que dejarán huella y generarán empleo para tu país.
En New Town Coffee, las mayores dificultades han sido encontrar proveedores confiables y empáticos, y lidiar con quienes no entienden cómo funciona tu negocio. También ha sido un reto encontrar personal con verdadera actitud de servicio, más allá del talento técnico. Pero aunque hay momentos de frustración, también hay muchísimas satisfacciones. Tenemos clientes maravillosos, con quienes hemos construido comunidad. Las chicas saludan a cada uno, por su nombre, conversan, incluso han formado amistades —¡hasta hemos asistido a bodas de clientes! —. Escuchar “me encanta venir aquí” o “no solo por el café, sino por cómo me atienden” es lo que más llena el corazón.
En un país donde el servicio al cliente no siempre se valora, sentir que hacemos la diferencia nos llena de orgullo. En New Town Coffee he aprendido que es mejor formar desde cero a quien tiene actitud y deseo de superarse, que contratar a quien hace arte latte pero carece de compromiso, cuando bien se aplica la frase de que actitud mata talento.
Este tipo de liderazgo no brilla en redes sociales, pero sostiene todo. Es el que mantiene la cultura viva, enseña con el ejemplo y transforma los días difíciles en oportunidades de crecimiento. El liderazgo invisible no tiene título, pero deja huella. Y cuando alguien me dice: “me encanta venir aquí, se siente diferente”, entiendo que cada sacrificio, cada decisión difícil y cada taza compartida valen la pena.
Porque emprender, al final, es liderar sin micrófono, pero con propósito.