07/05/2026
Antes de que amaneciera
Por Ivana Boho
Después de aquella noche ya no volví a pasar por la avenida de la cantina.
Ni siquiera quise mirar hacia esa calle.
Pero las piernas siguieron fallándome.
No siempre. Nomás de repente. Como si el cuerpo escogiera sus propios momentos para rendirse. A veces iba caminando en el mercado y sentía los tobillos flojos, vacíos, igual que ramas húmedas. Otras veces me levantaba de la cama y tenía que quedarme quieta unos segundos esperando a que las rodillas recordaran cómo sostenerme.
No le dije nada a Julián.
Él bastante tenía con el trabajo y con Emiliano, que desde hacía días amanecía inquieto, llorando como si viera cosas que los demás no podíamos ver.
Aquella madrugada me despertó su llanto.
La casa estaba oscura y fría. Afuera ladraban perros en alguna azotea lejana y el viento hacía rechinar las láminas del vecino. Miré el reloj: las tres con veinte.
La hora en que, según decía mi abuela, los mu**tos andan más despiertos que uno.
Me levanté despacio para no despertar a Julián. El piso estaba helado. Caminé hasta el cuarto del niño siguiendo el sonido de su llanto.
Pero cuando abrí la puerta, Emiliano estaba callado.
Sentado en la cuna.
Mirando hacia la ventana.
La cortina se movía apenas con el aire de la madrugada.
—¿Qué tienes, mijo? —le pregunté bajito.
Él no volteó a verme.
Seguía mirando hacia afuera.
Entonces escuché algo.
Una canción.
Muy lejos.
Una ranchera antigua que parecía venir desde la calle.
Sentí un escalofrío.
Me acerqué a la ventana y aparté la cortina.
La avenida estaba vacía.
Mojada todavía por la lluvia de la noche anterior.
Y enfrente, del otro lado de la calle, estaba parado el muchacho güero de la cantina.
Quieto.
Mirando hacia la casa.
Llevaba la misma camisa negra arremangada y el mismo trapo amarillo colgado del hombro.
No hacía nada.
Nomás estaba allí parado bajo el poste de luz.
Sentí el corazón pesadísimo.
Quise cerrar la cortina, pero Emiliano habló detrás de mí.
—Ya vino otra vez.
Volteé despacio.
—¿Quién?
El niño señaló hacia la calle.
—El muchacho que sirve tragos.
Se me secó la boca.
Porque Emiliano nunca había estado en esa cantina.