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11/08/2026
Cómo escribir tu novela
11/08/2026

Cómo escribir tu novela

Poesía eróticaNo necesito promesas.Necesito presencia.Una mirada que permanezca.Una voz que sepa pronunciar mi nombresin...
10/08/2026

Poesía erótica

No necesito promesas.

Necesito presencia.

Una mirada que permanezca.

Una voz que sepa pronunciar mi nombre
sin convertirlo en posesión.

Y una cercanía
que me recuerde algo que durante años olvidé:

que mi cuerpo no es una ruina de lo vivido.

Es territorio vivo.

Es jardín.

Es casa.

Es mío.

Y esta noche,
por primera vez en mucho tiempo,
abro las ventanas.

Que entre la luna.

Que entre el viento.

Que entre el deseo.

Que entre quien sepa tocar mi alma
sin arrancarme las flores.

Capítulo IVLa hora huecaEl café se me cayó de las manos.La taza reventó contra el piso y el ruido despertó a Julián en e...
07/05/2026

Capítulo IV

La hora hueca

El café se me cayó de las manos.

La taza reventó contra el piso y el ruido despertó a Julián en el cuarto.

Pero cuando volví a mirar hacia la mesa, Ofelia ya no estaba.

Nomás seguía allí el olor a cigarro viejo mezclado con canela.

Me quedé inmóvil.

Sentía las piernas flojas otra vez.

Como si algo me estuviera vaciando por dentro.

—¿Qué pasó? —preguntó Julián entrando a la cocina todavía adormilado.

Miró los pedazos de taza tirados en el suelo.

—Nada… se me resbaló.

Él se acercó para ayudarme a recogerlos, pero yo no podía dejar de mirar hacia la silla donde había visto a Ofelia. El asiento todavía parecía hundido, como si alguien hubiera estado sentado allí apenas unos segundos antes.

Julián levantó la mirada.

—Tienes mala cara.

—No dormí bien.

Quise decirle todo.

La cantina.

El muchacho güero.

Lo que dijo Emiliano.

La aparición de Ofelia.

Pero las palabras se quedaron atoradas en la garganta. Porque hay cosas que, cuando se dicen en voz alta, empiezan a volverse reales.

Ese día pasó lento y raro.

El cielo estuvo nublado desde la mañana y el aire olía a tierra húmeda, aunque no llovió. Emiliano no quiso despegarse de mí ni un momento. Caminaba detrás de mí por toda la casa abrazando un carrito de plástico sin hacer ruido.

Y cada tanto miraba hacia la ventana.

Como esperando a alguien.

En la tarde fui al patio a tender ropa. El viento movía las sábanas despacio y las bugambilias tiraban flores secas sobre el suelo.

Entonces escuché pasos detrás de mí.

Pensé que era Julián.

—¿Me ayudas con…?

Pero al voltear no había nadie.

Nomás el patio vacío.

Y una canción.

Muy bajita.

Una ranchera antigua que venía de algún lugar de la casa.

Sentí frío en el pecho.

La música parecía salir del lavadero viejo del fondo, el que casi ya no usábamos porque la humedad había podrido la pared.

Me acerqué despacio.

Con cada paso las piernas me pesaban más.

La canción se escuchaba más clara.

Una voz de hombre cantando sobre abandonos y caminos.

Entonces lo vi.

El trapo amarillo.

Estaba tirado encima del lavadero.

Húmedo.

Como recién usado.

Me quedé paralizada.

Porque reconocí el mismo trapo con el que el muchacho güero limpiaba vasos en la cantina.

Escuché a Emiliano detrás de mí.

—Mamá…

Volteé.

El niño estaba parado en la puerta del patio mirando hacia el lavadero con los ojos muy abiertos.

—Dice que ya casi es hora.

Sentí que el aire desaparecía.

—¿Quién dice?

Emiliano levantó lentamente la mano.

Y señaló detrás de mí.

Capítulo IIILa mujer de la mesa del rincónPor Ivána BohoNo dormí el resto de la madrugada.Me quedé sentada en la orilla ...
07/05/2026

Capítulo III

La mujer de la mesa del rincón

Por Ivána Boho

No dormí el resto de la madrugada.

Me quedé sentada en la orilla de la cama mirando hacia la ventana mientras Julián roncaba despacio a mi lado y Emiliano volvía a dormir como si nada hubiera pasado.

Pero yo sabía lo que había visto.

Y más miedo me daba saber lo que había escuchado.

Porque el niño habló de aquel muchacho como si lo conociera desde siempre.

Cuando amaneció hice café de olla para distraerme. El olor a canela llenó la cocina y por un momento pensé que tal vez todo había sido producto del cansancio. Afuera los vendedores empezaban a gritar desde la calle y los camiones hacían temblar los vidrios de la casa.

Una mañana normal.

Eso quería creer.

Pero mientras lavaba una taza sentí otra vez la debilidad en las piernas.

Tuve que agarrarme del fregadero.

El agua seguía corriendo y mis manos comenzaron a temblar.

Entonces recordé algo.

Algo que no había pensado en años.

La última vez que vi a Ofelia.

Fue poco antes de que aquella casa se volviera cantina.

Ella ya vivía sola porque su mamá había mu**to y el papá se había ido quién sabe a dónde. Decían en la colonia que en las noches se juntaban hombres allí a tomar hasta el amanecer. Otros decían que Ofelia leía las cartas y hacía trabajos raros en el patio.

Yo nunca supe qué creer.

Nomás recuerdo aquella tarde.

La casa olía igual que en mi sueño: cerveza, humedad y flores marchitas.

Ofelia estaba sentada al fondo, en una mesa pequeña junto a la ventana. Tenía un cigarro apagado entre los dedos y los ojos muy hundidos, como si llevara semanas sin dormir.

—¿Todavía sueñas cosas? —me preguntó de repente.

Yo me quedé callada.

Porque de adolescentes nunca le conté a nadie lo que soñaba.

Pero Ofelia parecía saberlo.

—A veces —le dije.

Ella soltó una risita triste.

—Hay gente que se queda abierta aunque crezca.

—¿Abierta a qué?

No respondió enseguida.

Nomás miró hacia el patio oscuro.

—A los lugares donde se quedan las cosas que nadie termina de vivir.

Todavía recuerdo cómo me miró después de decir eso.

Con tristeza.

Como si quisiera advertirme algo.

Esa fue la última vez que la vi.

Poco tiempo después dijeron que se había ido del barrio sin despedirse de nadie.

Aunque otros juraban que no se fue.

Que simplemente una noche dejó de salir de la casa.

Aquella tarde, mientras recordaba todo eso en la cocina, sentí un olor fuerte a cigarro.

Volteé rápido.

Y allí, sentada en la mesa del comedor, estaba Ofelia.

Igualita que hace años.

Con el mismo vestido oscuro.

La misma mirada cansada.

Y el cigarro apagado entre los dedos.

—No debiste volver a cruzar esa avenida, —me dijo bajito.

Antes de que amanecieraPor Ivana Boho Después de aquella noche ya no volví a pasar por la avenida de la cantina.Ni siqui...
07/05/2026

Antes de que amaneciera
Por Ivana Boho

Después de aquella noche ya no volví a pasar por la avenida de la cantina.

Ni siquiera quise mirar hacia esa calle.

Pero las piernas siguieron fallándome.

No siempre. Nomás de repente. Como si el cuerpo escogiera sus propios momentos para rendirse. A veces iba caminando en el mercado y sentía los tobillos flojos, vacíos, igual que ramas húmedas. Otras veces me levantaba de la cama y tenía que quedarme quieta unos segundos esperando a que las rodillas recordaran cómo sostenerme.

No le dije nada a Julián.

Él bastante tenía con el trabajo y con Emiliano, que desde hacía días amanecía inquieto, llorando como si viera cosas que los demás no podíamos ver.

Aquella madrugada me despertó su llanto.

La casa estaba oscura y fría. Afuera ladraban perros en alguna azotea lejana y el viento hacía rechinar las láminas del vecino. Miré el reloj: las tres con veinte.

La hora en que, según decía mi abuela, los mu**tos andan más despiertos que uno.

Me levanté despacio para no despertar a Julián. El piso estaba helado. Caminé hasta el cuarto del niño siguiendo el sonido de su llanto.

Pero cuando abrí la puerta, Emiliano estaba callado.

Sentado en la cuna.

Mirando hacia la ventana.

La cortina se movía apenas con el aire de la madrugada.

—¿Qué tienes, mijo? —le pregunté bajito.

Él no volteó a verme.

Seguía mirando hacia afuera.

Entonces escuché algo.

Una canción.

Muy lejos.

Una ranchera antigua que parecía venir desde la calle.

Sentí un escalofrío.

Me acerqué a la ventana y aparté la cortina.

La avenida estaba vacía.

Mojada todavía por la lluvia de la noche anterior.

Y enfrente, del otro lado de la calle, estaba parado el muchacho güero de la cantina.

Quieto.

Mirando hacia la casa.

Llevaba la misma camisa negra arremangada y el mismo trapo amarillo colgado del hombro.

No hacía nada.

Nomás estaba allí parado bajo el poste de luz.

Sentí el corazón pesadísimo.

Quise cerrar la cortina, pero Emiliano habló detrás de mí.

—Ya vino otra vez.

Volteé despacio.

—¿Quién?

El niño señaló hacia la calle.

—El muchacho que sirve tragos.

Se me secó la boca.

Porque Emiliano nunca había estado en esa cantina.

Antes de llegar al otro lado La cantina estaba en una casa vieja de la colonia, la misma donde vivió Ofelia cuando éramo...
07/05/2026

Antes de llegar al otro lado

La cantina estaba en una casa vieja de la colonia, la misma donde vivió Ofelia cuando éramos adolescentes. Con los años la convirtieron en bar y todavía conservaba algo de hogar abandonado: las ventanas con cortinas floreadas, las macetas secas en la entrada y el olor a humedad pegado en las paredes.

Yo había entrado solo un rato.

Adentro sonaban rancheras antiguas en una rockola iluminada y el humo de cigarro hacía ver todo borroso. Detrás de la barra atendía un muchacho güero, muy joven, que secaba vasos con un trapo amarillo mientras servía bebidas a los hombres sentados cerca de la pared. Había olor a cerveza derramada, limón y fritanga recién hecha.

—¿Qué le sirvo? —me preguntó.

—Agua nomás —le dije.

El muchacho sonrió apenas.

—Aquí casi nadie viene por agua.

Me quedé un momento mirando hacia la calle. Afuera la noche estaba húmeda y todavía corrían chorritos de lluvia entre el empedrado. Los puestos de tacos seguían abiertos y el humo subía despacio bajo los focos amarillos.

Al rato llegó Julián por mí cargando a Emiliano, que todavía era un bebé. Venía dormido sobre su hombro con una cobijita azul enredada entre las manos.

—Ya vámonos —me dijo—. Ya se hizo tarde.

Salimos juntos.

La avenida seguía llena de coches y el ruido de los motores rebotaba entre las bardas viejas de las casas. Cruzamos rápido hasta llegar al camellón del centro, donde crecían pirules y hierba mojada.

Pero allí me fallaron las piernas.

Primero sentí débiles los tobillos. Luego las rodillas.

Quise seguir caminando y simplemente ya no pude.

Caí sobre el pavimento húmedo mientras los faros de los carros venían acercándose.

—Julián… —le dije—. No puedo levantarme.

Él se quedó parado del otro lado del camellón abrazando al niño, mirándome con preocupación.

Intenté ponerme de pie varias veces, pero las piernas no me respondían. Era como si hubiera cargado demasiado durante años y de pronto el cuerpo hubiera decidido detenerse allí, en mitad de la avenida.

Los coches seguían pasando cerca.

El aire olía a lluvia, gasolina y tortillas recién hechas.

Y yo solo pensaba en lo cansada que puede quedarse una mujer antes de que alguien lo note.

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