02/02/2026
Agradecemos esta crónica que no solo se lee, también se saborea.
Cada línea huele a caldo recién servido y suena al diálogo de las mesas donde el tiempo pasa lento para dar lugar al ritual del menudo, de cada persona.
Que a pesar de las dificultades, las personas se sientan a disfrutar su plato con una sonrisa. Esa es la esencia de esta tradición familiar: la vida que insiste, el antojo que reconforta y la costumbre que abraza.
El observar y contar lo que para nosotros es sagrado: no solo servimos comida, servimos recuerdos, barrio y hogar en plato hondo.
Porque el menudo, como bien dices, no es solo comida… es domingo, es familia y es volver. 🥣❤️
🥣🔥 𝘾𝙧𝙤́𝙣𝙞𝙘𝙖 𝙙𝙚𝙡 𝙨𝙖𝙗𝙤𝙧 | 𝘿𝙤𝙢𝙞𝙣𝙜𝙤 𝙙𝙚 𝙢𝙚𝙣𝙪𝙙𝙤
Dicen que el menudo es para la mañana y para el frío, pero la realidad se impone: son las 12:50 del día, el sol ya calienta un poco y el aire fresco de este domingo 1 de febrero de 2026 se mezcla perfecto con el v***r que se levanta de los platos. Sobre Villa Rosita, en la colonia El Refugio, el ritual se repite como desde hace años en la Menudería Villarreal. Aquí no se pregunta la hora: se pregunta si hay bofe, pancita… y si alcanza el nervio.
El sonido del lugar es inconfundible. “¿Tortilla?”, “pásame la cebollita”, “échale más limón”, “ponle un pedazo de bofe, por favor”. Frases que vuelan de mesa en mesa mientras familias enteras se acomodan sin prisa. En el centro, como altar, las benditas salsas: chile de árbol, venas secas, orégano, palillos, sal de grano. Cada quien arma su plato como le enseñaron en casa. Aquí el menudo no se come: se construye.
Yo voy “ligero”, según la conciencia: un caldito infantil, un pedazo de bofe para no romper la tradición y un café soluble que acompaña sin estorbar. A un lado, Sandra pide lo suyo con convicción; del otro, el limón recién partido perfuma la mesa. La cebollita picada cruje, el chile avisa, y el caldo —rojo, limpio, honesto— hace su trabajo sin discursos.
Y aquí viene lo que termina de definir el lugar: aquí no hay resistencias. Mientras comíamos y desayunábamos el menudito, aparece una señora acompañada de su hija. Llama la atención porque arrastra una pierna, una extremidad visiblemente afectada, enyesada, cargando su propio peso con dificultad. Pero nada detiene el momento. Se sienta, pide su plato y sonríe. Al final, se impone el gusto, las ganas de disfrutar el caldo caliente, el sabor que reconforta. Porque en estas mesas, más allá del cuerpo cansado o del dolor, gana el antojo y la vida sigue.
Son muchos años los que pesan en estas mesas, y se notan. No hay pose, no hay moda: hay costumbre. En un Irapuato que corre rápido, aquí el tiempo baja la velocidad y se sirve en plato hondo. Porque el menudo no es solo comida: es domingo, es barrio, es familia… y es volver, siempre volver, a lo que sabe a casa. 🥣❤️