08/03/2020
LA MANSIÓN DEL SILENCIO
No está fuera, está dentro. No hay que buscarla en el exterior, sino en el interior. Le pertenece a uno mismo y dentro de ella todo es sosiego, armonía, plenitud. No es en el viaje hacia afuera que la hallamos, sino en el viaje a los adentros. Es ausencia de pensamientos incontrolados y anhelos, incertidumbres y miedos, tendencias egocéntricas y agitación. No sabe de pasado ni de futuro, ni hace diferencias entre "esto" y "aquello". No tiene muros. No se encuentra externalizándose, sino a través de la introspección. Está situada en la raíz del pensamiento, en la fuente de la mente. Ofrece la experiencia de una reveladora quietud y una confortadora y transformativa experiencia de la pura sensación de ser. Hago referencia a ella en mi relato espiritual "El Faquir" como Nirmana Kala. Trasciende la mente ordinaria y por eso se la conoce también como un-mani, no-mente. En ella se encuentran respuestas que no pueden hallarse en la mente ordinaria. El pensamiento y todas sus zozobras queda suspendido para que se manifieste otro tipo de percepción, cognición y experiencia realmente transformadora. Queda trascendida la noción de "tuyo" y "mío". Hay verdadera paz interior y, por tanto, una dicha diferente a la experimentada por los órganos sensoriales. Le denomino, dada la imposibilidad de reducirla a palabras la "dicha del alma". Todo el mundo puede aspirar a esa experiencia de plenitud que va cerrando las grietas del alma, serena en profundidad, reorganiza la psique y humaniza. Es como darse "un baño de ser" que nos ennoblece y que nos permite ver en nuestro rostro original el rostro de todas las criaturas.
La sabiduría oriental ha valorado desde siempre enormemente ese estado de sublime quietud que se experimenta en la no-mente, cuando el pensamiento cesa y uno conecta con su realidad más honda, libre de apegos y aborrecimientos, de ego y diferencias. Aflora un sentimiento de bienaventuranza, a pesar de las indiscutibles asperezas de la vida. Muchas de las técnicas del yoga nos enseñan a irnos aproximando a esa experiencia desnuda de ser y diversas técnicas de meditación nos permiten ir accediendo a ese ángulo de inspiradora quietud, para luego salir del mismo con más fuerza, equilibrio, sosiego y ecuanimidad. Ese estado es como volver a nuestro hogar interior y recuperar nuestro centro de gravedad en una sociedad que nos centrifuga, descentra y nos saca de nuestro quicio, con los innegables riesgos psíquicos del exceso de externalización.
Meditar no es un lujo, sino una necesidad específica, que nos permite aprender a parar, ser y serse, pudiendo así aprender sentirnos bien en soledad y en multitud y a darnos lo mejor de nosotros mismos y los demás. La quietud que uno va ganando se contagia a los demás, como la vela encendida no solo se procura luz a sí misma, sino que la desparrama alrededor.