24/04/2026
𝗟𝗲𝗮𝗺𝗼𝘀 𝗲𝘀 𝗰𝗼𝗿𝘁𝗶𝘁𝗼!!!
𝗦𝗢𝗕𝗥𝗘 𝗦𝗨𝗕𝗠𝗨𝗡𝗗𝗢𝗦 𝘆 𝗵𝗮𝗯𝗹𝗮𝗿 𝗱𝗲 𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗼 𝘀𝗲 𝗵𝗮𝗯𝗹𝗮.
𝗗𝗮𝗻𝗶𝗲𝗹 𝗔𝘃𝗲𝗿𝗮𝗻𝗴𝗮 𝗠𝗼𝗻𝘁𝗶𝗲𝗹, 𝗲𝘀𝗰𝗿𝗶𝘁𝗼𝗿
GusTavo Calle
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En la novela “La madre”, Máximo Gorki describe el nacimiento de la certeza y del ejercicio ideológico en un personaje bastante inesperado: Una mujer mayor, viuda, sin muchos sueños en la mirada, con un pasado lleno de oscuridad por ser la esposa de un trabajador violento y alcohólico que, de seguro, también creció con los sueños ahogados en la mazamorra de la pobreza y la falta de oportunidades, la miseria del alma se retuerce en las sombras que son sobras no tan selectas, porque no cuestan nada, salvo la misma muerte del espíritu de quienes pugnan por sobrevivir en su superficie; esta mujer, Pelagueya Vlasova, al quedar viuda, comienza a ser primero testigo y luego cómplice de las reuniones en las que su hijo, Pavel, junto a sus compañeros de estudio, debaten sobre la realidad política de su contexto: Hablan de lo que está pasando en el gobierno, en las calles, en las plazas, en los hospitales y hasta en las escuelas; hablan de política, del poder como algo tan ajeno y siniestro, que no tiene asidero ni posibilidad de ejercicio pleno para gente como ellos, que son del proletariado que, en palabras del mismo Gorki, ven el día a día como un paso inevitable hacia la tumba; y sin embargo, ella comienza a entender e indignarse por las cosas que se supone solo saben los que tienen el poder. Y comprende bien lo que debe hacer.
En “Viñas de Ira” de John Steinbeck, cuando los bancos comienzan a introducir sus colmillos en la estabilidad social y económica de una comunidad campesina creyente, provoca que los hombres se pongan serios, en tanto las mujeres atienden con más efusividad a sus hijos y se apartan de la conversación que los primeros están teniendo entre sí, en un espacio abierto: La plaza del pueblo, detrás de los establos, acuclillados y dibujando con ramas sobre la tierra sedienta, y hablan, hablan de lo que son, de cómo podrían ser, ahora que son maridos y padres, y con esto, deciden comenzar un éxodo que, a la par de la gran “Altiplano” de Raúl Botelho Gosálvez, es el inicio de otro in****no, el de la migración interna en tiempos de crisis.
En “V de Vendeta”, la novela gráfica más política del siglo XX después de “Maus”, el gobierno futurista de este universo decreta como “grave delito de sospecha” que se reúnan más de tres personas en plena calle, y castiga a quienes preguntan por qué el toque de queda y el estado de sitio son pan diario para esa realidad; en “El planeta de los simios” de Pierre Boulle, la civilización primate de ese extraño mundo también usa a las plazas y los andenes para conversar cómo están siendo gobernados, los monos son los ciudadanos; los gorilas, la fuerza del orden; los orangutanes, los intelectuales y los chimpancés son los diplomáticos, quienes gobiernan al resto. Son los orangutanes quienes convierten los espacios públicos en ágoras donde se habla sobre la crueldad hacia sus mascotas simbólicas, es decir, los humanos.
Dian Fossey y Konrad Lorenz escribieron teoría sociológica relevante a partir de convivir con gorilas y gansos; Fossey y su espléndido estudio “Gorilas en la niebla”, de 1983, que también fue la razón para su muerte, en 1985 en circunstancias oscuras, describió los procesos del miedo de los gorilas al ser diezmados y desplazados a la fuerza por los hombres; ella llamó a esto “colonización mediante la violencia naturalizada”, y describió el trato cotidiano entre gorilas como estresante por estos fenómenos, porque los gorilas machos se posicionaban en los límites de sus territorios como si estuvieran “reuniéndose”, en tanto vigilaban que los traficantes no entraran a sus dominios invisibles para matar a sus parejas o crías. Lorenz crio gansos y se convirtió en su madre, les enseñó a nadar y anotó todo lo que veía cuando no los atendía; ¿el resultado? El libro “Sobre la agresión” de 1963 y “Sobre la agresión: El Pretendido Mal” de 1972 lo catapultaron a la atención de profesionales en ciencias sociales, hasta que en 1973 ganó el premio Nobel por sus aportes a la etología. Lorenz había creado teoría sociológica a partir de contemplar gansos y sus interacciones con otras especies. Estos dos ejemplos son claros indicios de que no estamos tan alejados de la animalidad al momento de sopesar el poder. Solo vean a los perros en las perreras y los cerdos en las granjas, hasta las hormigas, a pesar de su sistema fenotípico, tiene en ciertas ocasiones estallidos de rebeliones por cambios en el clima y otros factores muy alejados de las relaciones de poder como las conocemos.
Svetlana Alexievich, la escritora que llevó el lenguaje conversacional al territorio periodístico de una manera contundente; decidió otorgarles el poder de la dignidad a los testimonios de tanta gente, en la palestra de la literatura masificada. La gente que hablaba de lo vivido en Chernóbil, los conflictos entre Rusia y Ucrania, el hambre o la ausencia del varón en familias por las guerras, fueron su lienzo donde, también, el poder se reflexionaba con un discurso contundente.
Todos estos ejemplos están acá para demostrarles a cada uno de ustedes que no solo me gustan libros de Stephen King o de Fausto Reinaga y que no solamente paso de ser un cojudito resentido que golpea imbéciles, cuestiona a culoblancos porque soy un “atrevido que no sabe su lugar”, como dijo la atropellaniños de la Ariadna Soto hace unos tres años o que me gusta mucho la música de L-Gante y María Becerra, al tiempo que tarareo canciones de Sabathan, todos estos músicos con la misma y poderosa carga política que, obviamente, los putos de The cure o los ingenuos de los powermetaleros terraplanistas no tendrían aunque quisieran. La verdad es que soy eso y más, y me divierte a la vez que el diálogo entre lectores y escritores se dé algunas veces de manera tan vertical y cruda, como si nosotros, los que publicamos libros, o los pocos que vivimos plenamente de esta actividad, fuéramos superiores o grandes a la gente que no hace nada de eso. Solo vean a Gabriel el wikipedias Mamani, ese tipo enloqueció de ego y de abogados top por creerse mejor que Jesús, o la Quya Reyna, que la ven como una curiosidad de feria porque, siendo aymara, escribe, y esto es inconcebible para tantos, porque escribe bien, a pesar de su activismo al p**o en redes sociales, codeándose con abogadas que atropellan niños y siguen impunes, o con hipócritas activistas woke que solo pueden vivir dignamente con el apoyo de sus papis.
Estamos acostumbrados los morenos que nos digan así: que no sabemos nuestro lugar, que hablar está de más para nosotros; porque nosotros no tenemos historias interesantes, que los culorrotos privilegiados solo tienen historias dignas de rescate.
Es como en esos documentales del History Channel: las ruinas de París o de Francia y hasta del lejano Oriente fueron hechas por civilizaciones avanzadas; las de África y Sudamérica, por extraterrestres.
Por eso los imbéciles siguen diciendo que los cuentos de la Quya Reyna son crónicas, porque no piensan que una aymara pueda imaginar.
Ah bueno, ¿toda esta mi**da que dije y que de seguro a nadie importa qué tiene que ver con la presentación del buen libro del Gustavo Adolfo Calle?
Pues mucho, muchísimo; Gustavo Adolfo, que no Bécquer, rinde homenaje a su apellido y sale a la calle en un excelente espacio de reflexión histórica. Su espacio de trabajo es la calle, las plazas, el empoderamiento del ciudadano común, del que sabe su realidad, que sopesa y sufre el poder que es de otros, no solo presenta un pretexto para recordar lo que cada uno de nosotros ha visto a lo largo de los años pasando la Plaza de los Héroes, en el centro, o la Plaza Cívica, a la vueltita de la actual Exalcaldía, él reflexiona mencionando autores que no quería revisitar, porque en mi época de leerlos y comprenderlo, yo prefería leer novelas históricas; Foucault, el tocaniños, y Gramsci, el Bad Bunny de una línea alterna, son mencionados un par de veces, también Bordieu, el profeta de los multicapitales, porque todo tiene que ver con capitales intelectuales, políticos, culturales, económicos, culeabilísticos, etc.; y sin embargo, a pesar de citar a esos autores que siempre alguno que otro sociólogo, que no ociólogo, cita en sus libros, va más allá y describe la situación de las ágoras, los espacios públicos que se convierten en políticos por la carga ideológica de los discursos, como los que escucha Pelagueya en “La madre”, los que se siente en los hombre de “Las uvas de la ira”, como los que se prohíben en los callejones en “V de Vendetta” o los que se parodia en “El planeta de los simios”; esa carga política, la necesidad de hablar de lo que está pasando, es la arteria central del libro de Gustavo.
Entre los indianistas, los izquierdistas, los materialistas históricos o los marxistas, las ágoras itinerantes fueron y son espacios profundos desde el que, más que p’ajpacus, había ciudadanos preocupados por hablar del poder que no ejercían pero que sí sufrían o sentían como resultado de la situación económica y participativa. Gustavo hace un análisis histórico, profundo y relevante, salvo que en su introducción asegura “no es académico”, aunque cita con APA y con pies de página, y cada cita está en su lugar, de manera ordenada, casi como si se tratara de la mesa de un laboratorio teórico. Esplende con sus observaciones y, más que todo, reflexiones, porque el submundo de la política aymara no es solo una memoria como los aburridos informes anuales de la PNUD que lee el sobrino asexuado de García Linera; no, no hablo del Hanielo, me refiero al choquito con cara de “mi papá le pega a tu papá” que sale en podcast de jailones; no, señoras y señores, este libro no es una memoria formal, es un trabajo bien pensado y muy bien ejecutado porque está lleno de reflexiones sobre nuestra idiosincrasia ideológica.
A veces, con la madre de mi primogénito pasábamos a mediados de los 2000 para escuchar a los señores que discutían sobre la situación posterior a la Guerra del gas, la incertidumbre del gobierno naciente del MAS, y era interesante escuchar cada punto, cada réplica, sin saber que un Macusaya p’aspa estaba allí, con su cabello como cuculí, escuchando, aprendiendo a participar, a perder el miedo, como de seguro el mismo Gustavo hizo en todos estos años de estudio para publicar este libro.
Imagino que esperan que diga otra mala palabra, y bueno, que el libro esté baratito; pero no somos el vampiro de Sobras selectas para cobrar mucho; solo lo justo, pero aun así este libro vale más que su precio oficial, es una memoria reflexiva, o mejor: un testimonio histórico muy humano, muy sincero, de la situación de la población interesada en expresar lo que siente frente a una situación en apariencia más grande que uno mismo.
Yo no estoy de acuerdo con el término “Submundo”, por Dostoievski, pero qué vaina, no importa, las 26 veces que Gustavo menciona esta palabra, le da el suficiente contexto como para que entendamos que lo de sub, no significa necesariamente lo denigrante, sino lo que está en nuestra superficie y que obviamos y hasta ignoramos.
Por ello, felicito al Gustavo por ofrecer un trabajo tan cercano a lo que requerimos, y a ustedes por aguantar toda la mi**da que he leído hasta ahora; ahí está la última mala palabra, por fin.
Ya, cumpas, malditos, compren el libro y estúdienlo, es una orden.
*Reseña leída en la presentación de la segunda edición del libro en la FILEA 2026.