09/07/2026
Hay proyectos que nacen para hacer dinero. Tingo nació para reunir personas.
Aunque las puertas de Tingolilingo se abrieron el 7 de febrero de 2025, este sueño comenzó mucho antes.
En enero de 2020 tomé una de las decisiones más importantes de mi vida: irme de Saltillo a Puerto Morelos, Quintana Roo, con la ilusión de empezar de nuevo y abrir una pequeña fonda de desayunos.
Llevaba conmigo un proyecto, muchas ganas de trabajar y la esperanza de construir algo propio.
Durante los primeros meses de ese año hice dos viajes que ya tenía planeados: uno a Nueva Orleans y otro a Nueva York. Mientras estaba fuera, el mundo comenzó a cambiar.
Cuando regresé a Puerto Morelos, la pandemia ya había alcanzado a México.
En cuestión de semanas, el pequeño puerto se transformó por completo. Gran parte de la población flotante regresó a sus países y ciudades, los negocios cerraron, las calles quedaron prácticamente vacías y las restricciones llegaron al punto de que ni siquiera era posible transitar libremente por el pueblo.
El restaurante nunca pudo abrir.
Para salir adelante comencé a vender tortillas de harina a domicilio. No era el plan con el que había llegado, pero era una forma honesta de seguir trabajando mientras el mundo entero intentaba adaptarse a una realidad que nadie esperaba.
Finalmente tuve que regresar a Saltillo.
Podría haber pensado que ese sueño había terminado ahí, pero nunca dejé de creer en él. Y tampoco me dejaron hacerlo mis padres y mi familia.
Ellos estuvieron conmigo cuando decidí irme, cuando tuve que regresar y cuando, cinco años después, ese mismo sueño finalmente abrió sus puertas bajo el nombre de Tingolilingo.
Desde el primer día también estuvieron mi hermano Orlando, mi sobrina Miley, mis sobrinos Sheccid y Rolando Abraham y mi hermano Christian. Junto a ellos, Darío y Carito, amigos que hace mucho dejaron de ser solo amigos para convertirse en mi familia.
Ellos estuvieron cuando Tingo todavía no era un restaurante, sino un local lleno de ideas. Pintamos paredes, construimos mesas, hicimos murales y fuimos dando vida a cada rincón con nuestras propias manos. Antes de servir el primer desayuno, ya habíamos construido algo mucho más importante: un lugar hecho con trabajo, cariño y la ayuda de muchas personas.
Por eso, cada pared, cada mesa, cada mural y cada rincón de Tingo llevan un pedazo de nosotros y de todos los amigos que, con su tiempo, su talento o su trabajo, también dejaron aquí una parte de su historia.
Y funcionó.
Hubo un tiempo en que Tingo vivía a un ritmo que jamás olvidaré. Hubo mañanas con filas para entrar, mesas llenas, desayunos que salían sin descanso y personas que recomendaban el lugar en TikTok y de boca en boca. Ver el restaurante lleno era una emoción difícil de describir.
Por eso hoy puedo decir, con toda tranquilidad, que Tingo sí existió… y existió bien.
Con el tiempo llegaron clientes que dejaron de ser solo clientes para convertirse en amigos. Llegaron colaboradores, músicos, tarotistas y personas que hicieron suyo este espacio. Lo que comenzó como un restaurante terminó siendo un punto de encuentro donde se compartieron desayunos, conversaciones, proyectos y momentos que difícilmente olvidaré.
En la última etapa también tuve la fortuna de compartir camino con La Tribu. Gracias a Kris, Dav y a la pequeña Lili por traer su energía, su entusiasmo y por creer que juntos podíamos escribir un nuevo capítulo para este lugar. Siempre guardaré con cariño esa experiencia y el corazón que pusieron en ella.
Intentamos crecer, reinventarnos y darle una oportunidad más al proyecto. Cada decisión nació del deseo genuino de mantener vivo un espacio donde las personas pudieran encontrarse.
Pero los negocios, como la vida, cambian. Lo que un día funcionó dejó de ser suficiente y, pese a cada intento por adaptarnos, llegó el momento en que tuve que aceptar una realidad muy simple: Tingo dejó de ser sostenible.
Por esa razón he tomado la decisión de cerrar esta etapa.
No hay culpables. No hay pleitos. No hay resentimientos.
Simplemente entendí que, así como se necesita valentía para abrir un negocio, también se necesita valentía para reconocer cuándo un ciclo ha llegado a su fin.
No me preocupa que alguien pueda interpretar esto como una derrota. Quienes alguna vez han emprendido saben que construir algo desde cero ya es una victoria en sí misma. Lo verdaderamente importante no es cuánto dura un proyecto, sino la huella que deja en las personas.
Y si algo me deja en paz, es saber que Tingo cumplió su propósito. Reunió personas, creó amistades, abrió conversaciones y, durante un tiempo, se convirtió en un hogar para muchos. Eso nadie podrá quitárselo nunca.
Me llevo amistades que conservaré toda la vida, aprendizajes que ningún libro puede enseñar, conversaciones que jamás olvidaré y la enorme satisfacción de haber hecho realidad un sueño que nació años atrás y que, aunque hoy termina, me permitió vivir experiencias que siempre agradeceré.
Gracias a mis padres por creer en un sueño que nació mucho antes de abrir sus puertas. Gracias a mi familia por caminar conmigo en cada etapa. Gracias a Orlando, Miley, Sheccid, Rolando Abraham y Christian; cada uno, a su manera, fue parte de esta historia. Gracias a Darío y Carito, que hace mucho dejaron de ser solo amigos para convertirse en mi familia. Gracias también a Kris, Dav y a la pequeña Lili por compartir conmigo el último capítulo de esta historia.
Y, sobre todo, gracias a cada cliente que alguna vez cruzó esa puerta, compartió una mesa, recomendó el lugar o decidió volver. Sin ustedes, Tingolilingo nunca habría significado lo que significó.
Hoy termina esta etapa de Tingo. Pero quiero que sea recordado no por el día en que cerró, sino por todos los días en que nos reunió.
Porque los lugares pueden desaparecer, pero las personas, las historias y los momentos que construyen permanecen para siempre.
Esta fue la segunda vez que intenté hacer realidad este sueño. La primera quedó en pausa por una pandemia antes siquiera de poder abrir; la segunda me regaló recuerdos que llevaré conmigo toda la vida. Si la vida algún día me concede una tercera oportunidad, volveré a intentarlo. Después de todo, dicen que la tercera es la vencida.
Gracias por haber sido parte de esta historia.
Con el corazón lleno de gratitud,
Javier Alejandro Pérez Zamora