08/04/2026
☕ Notas de Origen
¿Has visto «87 puntos» o «85 puntos» en un empaque de café y pensado que era puro marketing? No estás solo — y la respuesta vale la pena conocerla.
Detrás de ese número hay una organización llamada Specialty Coffee Association, la SCA, que es el organismo internacional que define qué es — y qué no es — un café de especialidad. Su protocolo de evaluación no lo inventó ninguna marca: lo aplican catadores con certificación oficial llamados Q Graders, profesionales que pasan por exámenes teóricos, prácticos y sensoriales rigurosos para poder poner su firma en esa puntuación. Así que cuando ves ese número en el empaque, estás viendo el resultado de un proceso serio, no una etiqueta bonita.
La escala va de 0 a 100, y el umbral que cambia todo es el 80. Un café necesita alcanzar al menos esa calificación para llamarse café de especialidad. Para llegar ahí, los catadores evalúan atributo por atributo: el aroma del café molido y en taza, el sabor, la acidez en el primer sorbo, la textura en boca y el retrogusto que queda después de tragar. También se evalúa el equilibrio entre todos esos elementos y la consistencia entre taza y taza. Nada se asume — todo se mide. Un café en el rango de 85 a 89 se considera excelente; uno que llega a 90 o más entra en una categoría que apenas existe: exquisito.
Y ese contexto lo dice todo: una fracción muy pequeña del café que se produce en el mundo llega a los 80 puntos. El café que consumen la mayoría de las personas día a día — el de la bolsa grande del súper, el de las cadenas de comida rápida — no llega a ese umbral. No por capricho, sino porque acumula defectos en algún punto de su cadena: en el campo, en el procesamiento, en el almacenamiento.
La próxima vez que veas ese número, léelo como lo que es: una garantía de que alguien, en algún lugar de la cadena, se dedicó a entregar algo excelente.